Circuito Subida a la Ermita de Santa Lucía y Faro (Alcocebre)

El testigo de mis andanzas

Es tradición situar los templos para ensalzar a los santos en los vértices de las montañas que vigilan las poblaciones que los veneran. De alguna manera cumplen la función simbólica de guiar su espíritu y vigilar resguardando a su población de los males que acechan. Igualmente pero de forma menos espiritual los faros han ayudado a los marineros a guiar sus barcos a salvo del peligro de los arrecifes. Además han cumplido una función estética aportando a las poblaciones marinas un carácter de oficio en riesgo de ser ocultado por los aludes de apartamentos que se desprenden desde las laderas hacia el mar.
En esta ocasión me dejé llevar por el afán peregrino y afronté el muro que suponía subir trescientos cincuenta metros en alrededor de tres kilómetros y bajarlos en tromba buscando finalmente la guía de un faro que recordaba la torre de control de un aeropuerto en este caso con barcos.
La bajada resultó tremendamente dura para controlarla con las sandalias inundadas de sudor y la penitencia clásica de la subida a las ermitas se produjo en el descenso estrenando una faceta aún inédita, la de correr descalzo.
Al final, un mar fragante al oido, el olfato y la mirada me reconcilió con mi cuerpo, alegrándome la zancada con la sensación de haber creado un rito nuevo entre la guía de los cielos y la de los mares.


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