MARATÓN DE CASTELLÓN. LA MARATÓN MÁS SUAVE.



Volvía a la maratón que en los últimos años me ha resultado más amigable. Y esto lo ha sido por la combinación de su perfil rápido, su muy buen ambiente, su estupenda organización y algo ya muy importante para mí, la calidad del firme para no ralentizarme cuando corro descalzo.
En esta ocasión afrontaba esta maratón un poco de rebote porque estaba un poco vago en los últimos meses y no había hecho ningún tipo de entrenamiento largo más allá de correr alguna media maratón. Así que iba un poco a ver que salía pero con una sensación bastante clara de encontrarme bien.
Por ello me tome la carrera como un experimento controlado, de tal forma que salí de menos a más para ver que sensaciones iba teniendo y no romper barreras que me hiciesen convertir esa prueba en un día amargo. 

Ese día se estrenaba en maratón descalzo Jorge Aparici que ya corrió la media maratón de Castellón con buenas sensaciones y dio el salto a la gran distancia solo un mes después. También conocí en acción a otro corredor descalzo que tomaba contacto con la distancia en esta forma, José Manuel Martínez. Todos corrieron de forma exitosa su prueba.

Como decía, esa maratón la inicié poco a poco, a un ritmo animado pero debajo de mis posibilidades físicas reales, con la intención de rondar las tres horas y media fui mejorando el ritmo kilómetro a kilómetro muy poco a poco. La situación me llevó a estar cerca de la media maratón y haber sido tan cauto que tenía mis fuerzas casi intactas. Así que decidí darle más vidilla al experimento y comencé a apretar de forma mucho más clara. Por el kilómetro treinta ya rebasaba con brío al globo de las tres horas y media y seguía entero. Tenía esa extraña sensación de plenitud en la que no sabes si vas a seguir así o vas a estallar en cualquier momento. En todo caso por el kilómetro treinta y tantos ya tenía claro que llegaba al final de cualquier forma así que seguí apretando y mejorando el ritmo medio.

El incidente que en estos casos tiene que suceder vino en el kilómetro treinta y cinco, noté un dolor agudo en el talón. No podía seguir adelante así que me detuve varias veces para intentar quitarme aquello que se me había clavado. La cantidad de mugre que tenía pegada a los talones me impedía detectar bien lo que tenía, así que me frote rascando lo que hubiese allí e intenté seguir corriendo. El dolor permanecía aunque más o menos podía constatar que no llevaba nada que sobresaliese del talón. Comprendí que o se me había quedado clavado algo dentro de la carne o era la herida la que dolía y en especial si estaba llena de porquería. Así que intenté sobreponerme y correr como pude. El resultado fue que me di cuenta que con una leve modificación en el apoyo del talón veía que era posible recuperar un ritmo aproximado al que llevaba. Como las fuerzas no las había perdido por el incidente intenté recuperar la marcha anterior, algo que al parecer conseguí ya que el indicador del ritmo medio que llevaba durante toda la prueba recuperó el dato. Esta incidencia la resolví de forma muy rápida, aunque esos segundos en los que te paras, maniobras, intentas resolver, se hacen un mundo en esas circunstancias.

Seguí corriendo todo lo que pude. De vez en cuando el talón me daba algún latigazo de dolor lacerante cuando volvía a apoyar por la zona dañada, así que recuperaba la posición de defensa y volvía a recuperar la marcha. A pesar de todo esos últimos siete kilómetros se me hicieron bastante rápidos ya que estaba aunque sorprendido, muy fuerte, y aunque me dolía, precisamente por eso tenía prisa por llegar, urgencia por terminar. Así, que a pesar de todo, seguí corriendo, adelantando a decenas de corredores en los últimos cinco kilómetros de maratón más rápidos de mi vida. Me dolía el talón pero me sentía pletórico. Por fin se había cumplido la maldición, me había cortado con un vidrio, pero para insatisfacción de agoreros estaba corriendo tan o más rápido que de costumbre. Y sí, la meta se abrió ante mis ojos con un marcado de tiempo de tres horas y veintidós minutos, cinco minutos que mi mejor registro descalzo de Marsella. Poco entrenado, herido de un pie y seguía mejorando. Era obvio que esto de correr descalzo funcionaba y cada vez funcionaba mejor.

La fiesta de la llegada fue tremenda. Llegaba al final en buen tiempo y con fuerzas, con muchas fuerzas, nunca me había sentido mejor y lo celebré.

Lo cortes del talón tardaron diez días en cerrar tras los que volví a correr con normalidad, así que de alguna forma fue un tiempo casi normal de descanso tras una maratón. Era obvio que no podía ser mucho, si vas mirando con detenimiento el suelo es difícil que te claves algo grande y si te clavas algo pequeño pues las consecuencias no eran importantes.


Esta maratón no fue una más, fue la maratón de la revelación y la confirmación de que la progresión física corriendo descalzo tiene un recorrido mucho más grande  de lo que llegué a imaginar y en eso estoy en seguir recorriéndolo.
FOTOS DE LA Maratón de Castellón 2015

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