Carrera por montaña de Albentosa. Ruptura del eje espacio temporal.

Con mi buen amigo Oscar Perís.

El pasado domingo 7 de agosto, llegaba al punto kilométrico 16.3 de la carrera de montaña de Albentosa. Era el tercer puesto de avituallamiento y me faltaban casi siete kilómetros para la meta. Llevaba invertidos hasta ese punto tres horas y cincuenta y un minuto. Ese tiempo suponía una hora más que en la última carrera de montaña de Artana y casi lo mismo que en la de la subida al Bartolo, ambas con esa misma distancia. Me quedaba una hora y nueve minutos para cubrir lo que faltaba y al ritmo que iba y con las fuerzas que me quedaban no me salían las cuentas, así que decidí retirarme en un momento en el que aún me mantenía en pie. La expectativa de llegar fuera de tiempo con pinta de zombi no era lo que quería ni para ese día ni para ninguno. 

En cierto modo me sentía vencedor de las circunstancias. Entre estas la de haber sido capaz de superar más de dieciséis kilómetros en la que su mayoría discurrían por campo a través, en la que los senderos se marcaban por los propios corredores y en los que miles de aliagas y cardos se empeñaban en adherirse a mis pies. Y me sentía bien por haber sido capaz de pasar por sitios que ni imaginaba que se pudiesen incorporar en una carrera, es la pega de ser un novato en esto de correr por la montaña. 

Pero bien, llegué a un buen punto, me retiré entero y nadie se tuvo que apenar. Mis pies seguían intactos y las fuerzas menos pero eso se recupera.
La gran lección que me llevo de esta experiencia es que en la montaña y descalzo, los cálculos espacio temporales no sirven para  nada. La piel de la tierra no entiende de ecuaciones y la piel de los pies tampoco. Y si el terreno es muy duro, muy seco, pedregoso hasta decir basta, plagado de vegetación agresiva, nuestros pies aún así, pueden con todo y siguen avanzando paso a paso, incluso de forma elegante entre tanta obcecación de la naturaleza. Eso sí, no puedes plantearte cálculos, ni ritmos, sólo es pasar y pasar, seguir, adelante, hasta que no queden fuerzas. Y cuando las fuerzas se acaban, pues toca descansar. No hay otra.

 Estoy convencido de que en otras carreras de otras geografías podría encontrarme terrenos más ventajosos, menos agresivos, pero no se trata de eso.  Creo que hay que disfrutar cada lugar y cada oportunidad con sus características, ya sean más duras o más blandas y ser capaz de afrontarlas con garantías y sobre todo con disfrute que al final es el mejor combustible para nuestros motores mental y físico.

 Ahora ya me consideró omnívoro en rutas de todo tipo, sé que soy capaz de pasar por cualquier sitio, solo se trata de leer antes la partitura y después tocar el instrumento.

Para terminar quiero agradecer a toda la gente de la organización lo amables y considerados que fueron conmigo. La carrera es dura pero la organización y el trato es modélico. Gracias.