Mejorar es una actitud. Media Maratón de Castellón.

En pleno lío o esfuerzo (foto cortesía de McClaire)


He vuelto a la Media Maratón de Castellón para intentar mejorar mi mejor marca personal en esta distancia. En una mañana que todos temíamos las inclemencias del tiempo porque amenazaba fuerte viento y lluvias, pero los pronósticos fallaron y no solo no llovió sino que el viento fue testimonial. Así que la suerte era favorable para los más de mil corredores que afrontábamos la Media Maratón más importante de la provincia de Castellón. Además como la prueba puntuaba para el campeonato autonómico atrajo a muchos corredores de gran nivel de las tres provincias de la Comunidad Valenciana.

Yo afrontaba esta prueba con dos intereses: el de afinarme de cara a la próxima Maratón de Castellón y el de mejorar mi mejor marca en Media Maratón descalzo. Me parecía un enfoque muy productivo y eso me motivaba el doble.

Muchos amigos corredores se encontraban hoy allí, porque al fin y al cabo Castellón es el centro neurálgico tanto de mi actividad deportiva como profesional. Así mientras iba calentando en el Parque Ribalta, lugar de dónde salía la carrera, no dejaba de pararme para saludar y comentar la situación. Algunos de mis conocidos iban a correr y otros, relacionados con el deporte, por diversas circunstancias, entre ellas la más penosa: las lesiones, pues no iban a poder.

Habían pasado dos semanas de entrenamientos bastante tranquilos desde la 10K de Valencia y la verdad es que echaba de menos un poco más de tensión física, pero por trabajo y por la climatología las distancias recorridas los días antes habían sido bastante cortas. Esto, en otro momento, no constituiría ningún problema pero cuando las exigencias y metas crecen, aunque no me obsesione con el tema, soy consciente de que no hay progresión sin más esfuerzo.

Con todo esto, me puse en primera línea de mi grupo de salida, en el segundo bloque de tiempo, muy relajado. Al final, tampoco tienes nada que perder por lo que resultaría absurdo agobiarse.
El maestro de ceremonias, Enrique Speaker, iba animando con sabiduría a los corredores para motivarles y la emoción aumentaba a la vez que faltaba menos para salir.

Yo emprendí la carrera con mucha alegría, pero controlando, y a los cientos de metros ya era dueño de mi ritmo en una posición muy buena para no ser interrumpido por grupos de corredores. Todo pintaba de maravilla. Los primeros kilómetros se movían bajo mis pies en una auténtica sensación de control y fluidez. El asfalto perfecto de casi todas las calles de Castellón no me hacía mella para mantener el ritmo y las fuerzas estaban en su sitio.

Llegué al kilómetro diez en buenas condiciones, a pesar de pasar los duros 500 metros del único tramo malo de toda la ciudad de Castellón para correr descalzo. Tenía un grupo pegado a la espalda que me rebasó en ese trozo.  Cuando salí y recuperé el resuello del esfuerzo de pasar por allí volví a recuperar terreno.

Controlando el ritmo por enésima vez (foto cortesía de McClaire)

Iba esforzándome pero sin rebasar la línea de perder el resuello. Normalmente controlo si estoy bien mientras puedo hablar con los demás, pero esa mañana no iba acompañado y el silencio no me servía de test. Sin embargo, me sentía bien.

Los kilómetros siguieron sucediéndose y así llegué en la media de mis pretensiones al kilómetro dieciocho. En ese momento me di cuenta de que no había entrenado suficiente y aunque tenía bien las fuerzas, el otro síntoma de la falta de forma se manifestó: los calambres. Los gemelos comenzaron a bailarme la conga y a amenazarme con dejarme tirado si me pasaba. Me dio mucha rabia porque iba bien de fuerzas y, sin embargo, me tuve que retener y disminuir mi velocidad a riesgo de quedarme tirado. Aún así los gemelos siguieron dándome latigazos pequeños como precursores y anticipadores de uno grande y definitivo. Estaba temeroso de tener que parar y preferí seguir de forma más suave. Sabía que estaba perdiendo tiempo pero no sabía cuanto con exactitud.

El misterio se resolvería con prontitud. La meta se abrió al final, en una espera nada agónica, pero sí inquietante, porque cuando te apuntan los calambres en realidad nunca sabes qué va a pasar. Y sí, llegué, llegué bien, en dieciséis segundos menos que en mi mejor tiempo anterior. 

Encuentro con Ramón al final de la carrera. Comentar la jugada y las expectativas es la salsa de estas pruebas.

Me quedé con un sabor agridulce. Seguía mejorando y eso me alegraba, pero sentía que había perdido una oportunidad de dar un salto mayor y era obvio que la responsabilidad era solo mía. Lo bueno del resultado es que a pesar de todo, seguía avanzando y eso son noticias maravillosas. 

La marca (1 hora 23m. 14 sg) en esta ocasión no sirvió para subir al pódium, pero por poco, ya que me quedé en la cuarta posición de mi categoría. En realidad me quedé lejos del tercero pero eso aún me anima más, pues entiendo que aun se puede llegar mucho más allá y mis pies parece que me van a ayudar a ello porque respecto a mi Media Maratón anterior en Castellón he mejorado mi tiempo en doce minutos. Con eso me quedo.

Siempre es agradable que te pongan una medalla.
José Canós consolidándose como maratoniano descalcista. En pocos meses dos maratones descalzo.