Superando las zapatillas del pasado. Maratón de Castellón 2017

Conjurados para romper todas las barreras del descalcismo


Esta ha sido la sexta maratón de Castellón en la que participo y tenía que ser una prueba especial. De entrada lo fue, compartir la carrera con siete corredores descalcistas más ya era algo excepcional y anticipatorio de que sería una mañana genial. Así, con Ángel Abella, José Canos, Alberto Calvete, José Escudero, Jorge Aparici, Joaquín Catalán y Juan Francisco Vizcaino íbamos a sacar brillo con nuestra piel al asfalto de Castellón. La maratón de Castellón seguía siendo la prueba que más corredores descalcistas concentraba y parece que la tendencia es a seguir en esa línea. Además es importante valorar la gran cantidad de corredores minimalistas que cada vez son más y más, con el aliciente de que en estas competiciones nos materializamos corredores con los que ya tenemos una buena relación en la red como José Veintitrés de Bilbao.

De nuevo contaba en esta ocasión con la compañía y ayuda de mi conjurado y gran amigo Angel Abella, con un objetivo tan ambicioso como ilusionante, bajar de las tres horas en maratón descalzos. Y allí estábamos para intentarlo. Por distintos motivos yo había tenido tres semanas muy malas antes del día clave pero me daba igual, lo iba a intentar porque necesitaba hacerlo.
Muchos de los integrantes del colectivo descalcista y minimalista que participaron en esta edición

Todos los momentos previos a las carreras son muy excitantes, tengo claro que generan adicción. Y allí todo se había acelerado. Y así, la música, animadoras y animadores, todos los participantes de aquí para allá, saludando a conocidos y desconocidos y poco a poco situándonos en la salida, cargados, más bien sobrecargados de energía.

Ángel y yo nos situamos todo lo adelantados que pudimos porque queríamos situarnos a ritmo de tres horas desde el primer kilómetro. Y así fue porque además el práctico de este tiempo salió con nosotros y el grupo se formó con rapidez. Los primeros kilómetros desaparecieron bajo nuestros pies desnudos sin darnos cuenta apenas. Estábamos muy concentrados y nos situamos unos cincuenta metros detrás del grupo porque nos dimos cuenta de que era mejor para controlar el terreno que pisábamos. 

Un tandem descalcista que va a por todas (Foto. Guadalupe Montoya)

Casi sin darnos cuenta ya estábamos en el kilómetro diez subiendo a la universidad. La subida era suave pero constante durante algo más un par de kilómetros en línea recta y nuestro ritmo se mantenía a unos cuatro minutos con once segundos por kilómetro, algo más rápido de lo necesario. Se suponía que esos segundos de sobras serían una renta para un lógico bajón posterior. Cuando dimos la vuelta nos fuimos encontrando de cara con los que venían detrás subiendo y fue entretenido ir saludando a los amigos que veíamos.

Para el kilómetro 16 ya íbamos encarando la bajada al Grao de Castellón. Me parecía admirable la fortaleza de Ángel, que había corrido un gran fondo en Turís de 16 kms el domingo anterior a gran nivel, ya que quedó el décimo de cuatrocientos participantes y tenía los pies muy sensibles del esfuerzo. Asumía con naturalidad su malestar sin rebajar ni un ápice su esfuerzo ese día. Yo me encontraba muy bien de momento, aunque sabía que lo relevante comenzaría mucho más adelante. Pero estábamos disfrutando mucho, manteníamos nuestro ritmo como un reloj de precisión e íbamos fuertes y sólidos como tandem descalcista.


Llegamos al puerto y cerramos la media maratón en una hora y veintinueve minutos. Todo estaba en su sitio y forma. Seguíamos con las fuerzas intactas y nuestros pies dominaban el asfalto con autoridad. Emprendimos la subida de vuelta a la ciudad, este es sin duda uno de los momentos críticos de la carrera pues es una recta de casi tres kilómetros en suave ascenso, a la merced del viento que pueda haber y sin animación alguna. Pero sí, pasamos bien y nos volvimos a adentrar en las muy animadas calles de Castellón. Íbamos a bloque controlando la trayectoria y manteniendo el ritmo de forma impecable. La suavidad de nuestras zancadas contrastaba con el ruido del zapatilleo dominante en nuestros alrededores. La mañana era brillante y comenzó a hacerse notar algo de calor. Yo me hacía con botellas de isotónicos grandes que iba dosificando kilómetro a kilómetro para no llegar a tener mucha sed en ningún momento. Ángel solo bebía agua y poca como un auténtico tuareg del asfalto. 

Llegó el kilómetro 30 y fue ahí dónde noté que me había faltado más entrenamiento, más kilómetros, pues mis energías encendieron la luz de alarma y comprendí con claridad que si mantenía el ritmo sencillamente estallaría.  Le dije a Ángel que se fuese porque él no estaba teniendo problemas. En principio se resistió y le plantee que esperásemos un poco para ver si yo resurgía. Pasarón unos cuantos cientos de metros, cerca del kilómetro y pude comprobar con claridad que el grupo de las tres horas se estaba alejando, así que ya con más firmeza lo despedí agradeciéndole su apoyo durante la mayor parte de la maratón. Como si fuese un halcón comenzó a planear entre los corredores que nos habían adelantado y en menos de un kilómetro contacto de nuevo con el grupo de tres horas. Ya no lo volvería a ver hasta la llegada.

Comenzó otra carrera para mí. Tenía que reajustar mis energías para llegar bien a la meta, así que bajé ya de forma consciente el ritmo para encontrar una velocidad que me fuese cómoda sostener. Pasé de correr a 4:11 a 4:50 de media. Lo que había hecho, tal como me sentía había sido un claro sobreesfuerzo y no podía hacer el tonto y desde luego lo que no quería de ninguna de las maneras era llegar en modo zombi.

Resultó; con cierto cansancio pero muy entero los kilómetros fueron pasando. La animación del público, los grupos de música, los avituallamientos, fueron asideros en los que tomar fuerza y determinación para no aflojar más, benditos todos ellos. En esos momentos en los que estás al límite de tus energías, una sonrisa y unas palabras cariñosas son un auténtico doping para el alma y las piernas.

Los últimos kilómetros costaron de lo lindo


Kilómetro 40 y ya me flojearon mucho más las energías. Me daba cuenta de que para mí la mejor estrategia era otra, la que siempre me había funcionado mejor, la de ir de menos a más. Esto de ir de más a menos era un tostón y un agobio, así que no volvería a hacerlo. No es que me arrastrase al final, pero en mi interior no quedaba mucha alegría, pero me dejé llevar por el bullicio reinante en ese último tramo y encaré la última recta dentro del Parque Ribalta. Como siempre ese es el tramo mágico que te saca lo mejor y te remueve la alegría. Vi a mi familia y a mis amigos, vi el marcador del tiempo, ya hacía mucho que no miraba el cronómetro. Tres horas y ocho minutos. Acababa de superar mi mejor marca personal en maratón, incluso de la época que corría con zapatillas y era un jovenzuelo de veintipico años. Buscar un objetivo inalcanzable ese día me había regalado una superación radical. No pude dejar de sonreír de oreja a oreja. 

No hay momento más dulce que el de la llegada a la meta de una maratón

Ángel me estaba esperando en la línea de llegada. Nos dimos un gran abrazo. Él había bajado las tres horas. Ya era el tercer corredor descalcista que lo conseguía en este tiempo. Y seguirán. Estaba satisfecho, yo también lo estaba. Poco a poco me fui enterando de que todos los compañeros descalcistas consiguieron sus objetivos de forma completa y satisfactoria. Como en otras ocasiones nos fuimos a celebrar que habíamos cumplido con una opípara fiesta gastronómica en el puerto de Castellón.

Ahora espera París ¿Será una fiesta?

video
Vídeo de la llegada a meta



2 comentarios:

  1. Una vez mas, impresionante. Un saludico y enhorabuena.

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    1. Gracias Paco, hay que mantener la ilusión en que podemos seguir mejorando.

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